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VIAJE DE ARIADNA El desierto marroquí, en el umbral del Sahara
Por NOELIA FERREIRO 
Las inmensidades desérticas que conforman el sur de Marruecos dan la bienvenida a ese singular paraje de arenas finas que denominamos Sahara. Son planicies secas, desnudas, rocosas, que van ganando en aridez conforme se desciende, hasta llegar a fundirse en un privilegiado enclave donde el horizonte se pierde entre dunas y palmerales.
El sur de Marruecos, con su riqueza de terrenos esteparios jalonados de inesperados oasis, es una de las múltiples caras que puede ofrecer este país, que si por algo destaca, ante todo, es por sus espectaculares contrastes. Así por ejemplo, la soledad del desierto marroquí se alza como el contrapunto del bullicio que invade las ciudades de callejas estrechas, allí donde el tiempo parece haberse detenido, donde aún mujeres con el rostro velado y hombres enfundados en chilabas ejercen artesanalmente sus oficios milenarios. 
Claro que este desierto no es el Sahara propiamente dicho, el mismo por el que aún se vierten desbordados ríos de tinta. El Sahara marroquí, que irrumpe tras las depresiones del bello Valle del Drâa, alberga campos de dunas cuyo tamaño, salvo excepciones, es normalmente modesto. Pero merece la pena una excursión a sus arenas, no tanto por constituir una primera toma de contacto con esta silenciosa región, como por ser una experiencia sin igual a la que se llega atravesando una de las más fascinantes riquezas paisajísticas que puede ofrecer la Naturaleza.
Arenas de cine
El Pre-Sáhara comienza cuando se cruzan los montes Atlas hacia el Sur, dejando tras de sí la estela de un terreno estéril de roca y maleza. Una visión sin duda desoladora, pero impresionante en cuanto a las distintas tonalidades y a esa impagable sensación de encontrarse, inesperadamente, en las antípodas del universo. En esta vasta extensión no existe más resto humano que el de las esporádicas ciudades fortificadas que van salpicando el camino, y que a veces pasan desapercibidas, confundidas en el colorido rosáceo del paisaje. Son poblados bereberes -reflejo de su antaño sociedad feudal- a los que se denomina ksur. 
Están construidos en barro o adobe, y circunvalados de altos muros y atalayas que en su día cumplieron una misión: la de proteger a sus sedentarios habitantes en las continuas trifulcas con los nómadas. Ouarzazate, atractiva ciudad de casas deliberadamente alineadas, es el típico punto de partida hacia la aventura saharaui. Una villa que, pese a su encanto, bien pudiera haber pasado a los anales del olvido de no ser por el ojo avizor de Hollywood, que supo ver en ella un filón para sus producciones de cine: entre otros muchos afamados directores, David Lean rodó en sus inmediaciones algunas de las escenas de la mítica Lawrence de Arabia. Incluso se ha creado un estudio de sonido y una central de proceso, dada la creciente afluencia de amantes del séptimo arte.
Pero la primera sorpresa llegará pasados 60 kilómetros desde Ouarzazate hacia el sur. En Agdz, sobrecogedora ciudadela roja entre adelfas y palmerales, el Valle del Drâa muestra por primera vez el río de su mismo nombre. A partir de aquí, este delgadísimo hilo de agua se abrirá paso entre los montes hasta perderse en el desierto, aunque a veces sólo deje el rastro de un lecho arenoso de grava. Porque a este río -en el que, según los textos antiguos, moraban los cocodrilos- hoy se le llama «fantasma» por su irrupción repentina. Y con todo, es el más largo de Marruecos. 
Zagora, la puerta del desierto
«Tombuctú: 52 días» reza un curioso cartel que abre las puertas de Zagora. Una referencia a tiempos inmemoriales, aquellos en los que las caravanas de camellos partían desde este punto hasta la famosa ciudad de Malí, lo cual implicaba dos meses de andanzas por el desierto. Hoy Zagora es un centro de gran infraestructura hotelera, con un impactante oasis de cerca de 30 kilómetros. Esto y su fortaleza en ruinas, construida por los almorávides, hace de ella la más célebre de las ciudades presaharianas, donde la piel de sus habitantes es cada vez más oscura debido a que son descendientes de esclavos traídos de Sudán.
Desde los imponentes hoteles de Zagora, auténticas reminiscencias del Africa más profunda con sus salones de té repletos de vegetación y todo lujo de detalles, se organizan excursiones a M'hamid, la llamada «puerta del desierto». Comienza aquí la aventura, a lomos de dromedarios o en vehículos todo terreno, si lo que pretende el viajero es una ruta organizada. Si no, carretera y manta a bordo del propio coche, siempre con la compañía del agún bereber del lugar. No será difícil toparse con uno de estos hombres de tez morena y turbante azul, que aparecerán en el camino solicitando auto-stop. A cambio, harán las veces de guía en la planicie interminable porque sólo ellos saben el truco para torear las arenas. 
M'hamid, que se encuentra a 90 kilómetros de Zagora, es toda una oportunidad para conocer de cerca aquella cultura nómada que tiende a desaparecer. Pronto comenzarán a elevarse las dunas entre este océano seco que configura el desierto y que, adentrándose en sus entrañas hacia el sudeste, desembocará en Merzouga, a donde también puede accederse desde Erfoud por la carretera del Borj. Emergerá entonces el Erg chebi, un campo de dunas de 40 kilómetros de extensión. Y en algunos lugares, a acumulación de arena, rosa y amarilla, llegará a alcanzar los 170 metros de altura.
La experiencia de pasar unos días en el desierto no tienc'est une vraie couillee parangón alguno. Hundir los pies en la tierra suave y notar la fuerza del sol desde el horizonte naranja muy poquito se asemeja a cualquier otra sensación. Y nada como apreciar los primeros y últimos toques de luz, que inciden en este todo mutando su tonalidad. Paul Bowles no carecía de razón cuando en su libro «El cielo protector» señalaba: «El desierto nunca es tan bello como en la penumbra del alba o del crepúsculo». |